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¿QUÉ TAN RARO ES “JUANITO”?
Mauricio Merino

“Juanito” no es tan raro como dicen. Como el Nowhere Man de Lennon y McCartney: “Es un hombre sin lugar/ sentado en su tierra sin lugar/ haciendo planes fuera de lugar/ para nadie. ¿No es un poco como tú y como yo?”. Y más, pues bien mirado, ”Juanito” no es ajeno en absoluto a las prácticas de nuestro sistema político vigente. Podrá ser un exceso pero no es una anomalía.

De entrada, “Juanito” no llegó a la candidatura de una forma diferente a la que siguió la mayoría de los gobernantes y legisladores que hoy ocupan una plaza. Los dirigentes del partido en el que militaba vieron en ”Juanito” cualidades para ganar votos y lo designaron sin más trámite, igual que a todos los demás. Es probable que nunca se hayan planteado la posibilidad de que su candidato ganara la elección, pero el método para investirlo fue el mismo que se siguió en casi todos los casos; es decir, la designación por dedazo.

Hay que recordar que, a despecho de las normas electorales aprobadas en 2007, que preveían recursos para la celebración de precampañas democráticas en todos los partidos, destinadas a permitir a los militantes de cada uno la expresión libre de sus preferencias, los dirigentes saltaron por encima de esas disposiciones y designaron a los candidatos que les vino en gana. Entre ellos a “Juanito”.

Tras esa designación normal para nuestras prácticas políticas, el personaje habría pasado inadvertido si no se hubiera generado un conflicto al interior del PRD y Clara Brugada no se hubiera quedado fuera de la competencia. Pero hubo un desacuerdo entre dos frentes de la izquierda y lo único raro, hasta ese momento, fue que “Juanito” se cruzó en el camino de López Obrador. Quienes vimos el video de su segunda investidura como candidato único de las izquierdas agraviadas, observamos claramente que el líder legítimo ni siquiera conocía bien a bien su nombre; que tenía que leerlo en un papelito para recordarlo. Pero “Juanito” no hizo más que decir: sí. Como cualquier otro político, cuando le ponen una oportunidad enfrente.

Seguramente “Juanito” no ganó tanto por sus virtudes democráticas —aunque la publicidad que obtuvo en aquel ungimiento y la atracción mediática del personaje contribuyeron a su triunfo—, cuanto por el respaldo de los métodos clientelares y corporativos que sostienen a la mayoría del PRD en Iztapalapa. Algo que ellos mismos han reconocido siempre y que usaron incluso como recurso de poder para imponerse a la indisciplina de “Juanito”. ¿Pero qué candidato no ganó las elecciones sin echar mano del aparato político de su partido? En México, los partidos no ganan sólo por las convicciones de sus electores, sino por el tamaño y la solidez de sus clientelas. Y “Juanito” no fue la excepción.

Y no fue extraño que quisiera negociar puestos, presupuestos y prebendas antes de abandonar el cargo. ¿Qué político mexicano no asume, tras haber triunfado en los comicios, que puede disponer con libertad de las plazas que conforman su gobierno para entregarlas a los leales, a los más cercanos, a los partidarios? El propio presidente Felipe Calderón ha dado muestra inequívoca de esa conducta una y otra vez, incluyendo los más recientes nombramientos en el Banco de México y en dos secretarías fundamentales del gobierno federal. ¿Qué diferencia sustantiva hay entre esa conducta y las aspiraciones de “Juanito”? Quizás, que éste último lo dijo sin tapujos ni eufemismos, mientras que los demás fingen que sus decisiones obedecen al más alto interés de la nación.

Tampoco hubo nada raro en que “Juanito” quisiera quedarse con el puesto. ¿Cuántos políticos mexicanos están dispuestos a dejar su puesto sin pasar por una ardua negociación previa que encarezca su salida? La anomalía fue, más bien, que lo hayan obligado a ceder su puesto a quien no ganó las elecciones. Pero la actitud de “Juanito” no distó un ápice de la de cualquier otro político forzado a renunciar a sus aspiraciones. Abundan los ejemplos, como el de Madrazo atrincherándose en el Palacio de Gobierno de Tabasco, Ulises Ruiz incendiando el estado de Oaxaca, Carlos Salinas declarándose en huelga de hambre, etcétera. ¿Por qué “Juanito” tendría que ser calificado como una anomalía?

La única cosa rara es que sigamos aceptando esas locuras, que cada vez generan más rechazo al sistema democrático y más riesgos de volver al pasado autoritario, como dicen las encuestas más recientes. Pero “Juanito” es, en todo caso, lo que somos; o mejor dicho: lo que estamos siendo. Aunque nos de pena.

Profesor investigador del CIDE

El Universal, 16 de diciembre de 2009

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