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“Cuentas, cuentos, todos sabéis contar; pero al final de cuentas sólo contáis un cuento, el dulce cuento de la rosquilla y nada más.”
León Felipe

No es despecho, sino desconcierto; no es desconfianza, sino duda; no es dolo, sino análisis; no es envidia, sino crítica; no es afán de chingar, sino de sugerir. La justificación de estas premisas no es fortuita, conociendo los especímenes a los que me voy a enfrentar con lo que voy a decir. El lunes 13 de octubre de 2008 se premió a los ganadores del 7° Certamen Regional de Minicuento a que convoca el CRIPIL de Nuevo León y, como siempre, la neutralidad e imparcialidad del jurado, desde mi particular punto de vista, quedó obnubilada por la incertidumbre y, también como siempre, no hubo reclamo alguno, sólo aplausos forzosos, genuflexiones y ja-ja. La única certidumbre allí fue premiar textos que no se lo merecían, a excepción del minicuento que obtuvo el tercer lugar. Nunca me he explicado por qué el fallo de los jurados en nuestro querido México sigue siendo inapelable, si se puede demostrar con pruebas fehacientes la ineptitud con la que a veces emiten su dictamen, sobre todo en cuestiones literarias.

Solamente se presentó uno de los miembros del jurado, quien tuvo la osadía de acudir al certamen de premiación. El hecho de que no se presentaran los demás me parece una falta de cortesía para los asistentes. Le ofrezco una disculpa pública porque no recuerdo su nombre, pero quiero destacar de entre la serie de nimiedades que enunció en su breve disertación, un dato valiosísimo: 150 participantes en el certamen, es decir, 150 minicuentos; ¡como para romper un récord de Guinnes!, ¿no? Aunque desconozco la calidad literaria de los textos, sería bastante loable, por parte del CRIPIL, publicarlos todos en una edición económica e invitar a los autores a presentarlos en un evento macro-literario. La diversidad de los participantes y el esfuerzo de redactarlos, como proceso natural de composición escrita, lo merece.

¿Quién elige a los integrantes del jurado?; ¿bajo qué perfil?; ¿quizá sus antecedentes académico-literarios?; ¿su vida y obra?; ¿su competencia como escritores? Sé de antemano que son cuestiones totalmente ajenas y alejadas para los participantes (se presupone), pero… ¿No serán el “compadrazgo” o “el amiguismo” los factores determinantes para elegirlos?; ¿cuántos de ellos están realmente preparados y dispuestos para asumir ese difícil e imparcial compromiso?; ¿será suficiente su “linda cara”, su “prolífica” producción literaria y sus poses de “divas tercermundistas”?; ¿será cierta aquella aseveración, tristemente célebre, de que una “mafia” rige los destinos literarios y culturales de Nuevo León y sólo los elegidos pueden atravesar el umbral que separa a los mortales de los dioses? No lo sé, pero resulta intrigante el hecho de que hayan “ganado” los anteriores certámenes de minicuento escritores locales (con ínfulas de ser ricos y famosos) “consagrados” y muy, muy pocos desconocidos.

¿Cuáles son los criterios en los que se sustentan para elegir los “mejores” minicuentos?; ¿existen rubros específicos básicos para efectuar la selección, como la creatividad, originalidad y autenticidad de los textos; su estructura fonológica y morfosintáctica, o los recursos literarios empleados?; la profundidad, la consistencia, el mensaje, la homogeneidad, la completud de la trama, el sentido filosófico, lo holístico de la historia? Hay un solo requisito, a la vez flemático y hermético: el de la brevedad. Con excepción de las 200 palabras como máximo, el certamen es totalmente abierto, e incluso extensivo a la región norestense; creo que debieran señalarse por lo menos cinco criterios básicos, más que para agradar a los estrambóticos jurados, para incentivar la calidad literaria de los textos participantes. Considerando el renombre y extensión territorial del concurso de minicuento, ¿será posible incrementar también la calidad de los jurados?

Lo aclaro de una vez, al menos en mi caso, no me mueve para nada el interés económico que quizá sea el punto más atrayente para muchos de los concursantes; parece muy fácil obtener cinco o siete mil pesos por escribir 200 “palabrejas”, pero… Remitiéndome otra vez a la calidad literaria de los cuentos, primero hay que asegurarla o por lo menos propiciarla, y que la participación no quede allí, luego hay que publicarlos, con las consabidas y necesarias correcciones sugeridas por un comité editorial que los revise minuciosamente porque finalmente uno entrega su “cuentecito” revisado y corregido, según sus posibilidades y ahí “termina la magia”, sin un después, sin una publicación aunque sea rústica, de la cual puedas sentirte orgulloso como escritor novel; además serían cuentos escritos por regiomontanos comunes, la mayoría creo yo, y estaríamos hablando de un verdadero rescate de la cuentística nuevoleonesa contemporánea.

Aclaro también que todo lo que he dicho son elucubraciones muy personales pero, ¿por qué menciono todo esto? No es jactancia, sino una simple analogía entre el cuento ganador y el que un servidor envió. El minicuento que obtuvo el primer lugar creo que se titula “Colorín, colorado”. ¿Le suenan familiares estas palabras? A mí me parece que le falta creatividad. Soy malo para los nombres, y tampoco recuerdo el del autor (¿o autora?); además, ni siquiera estuvo presente y su desinterés me parece otra falta de cortesía para las personas que asistimos al evento. Los minicuentos que obtuvieron el segundo y tercer lugar, el segundo titulado “Declaración”, bastante ramplón por cierto, los comentaré en otra ocasión; sin embargo, el que ocupó el tercer sitio “Canción de cuna para cebras”, por su originalidad, más que por otra cosa, se merecía un lugar mejor. Amén de los otros 146 textos participantes. El “cuentecillo” triunfador decía más o menos así:

“La princesa estaba a punto de besar al batracio cuando apareció el rey, ¿príncipe encantado? ¡Mis huevos! Y deshizo al sapo a pisotones…”

Con excepción del tragicómico final, ¿le parece conocida esa trillada trama? Para mí no es más que un burdo e inauténtico remedo de la ya de por sí patética parodia “schrekiana” que en su afán globalizador, burlón y caricaturesco, denigra vilmente los cuentos clásicos; como la torpe, absurda y venal mezcolanza que hace el reggaetón con los ritmos afroantillanos originales. ¡Qué bueno que no me tocó ser jurado! ¡Se sufre tanto para convencer a los demás de que no prospere la insensatez! Mi humilde participación, un minicuento titulado “Travesti”, (probable inoculación de la lectura de los textos de Joaquín Hurtado) está comformado caprichosamente por 200 palabras y versa sobre un tema “escatológico y perverso”; ¿parcialidad moralina del comité de jueces del certamen para no considerarlo como un “digno” competidor en el concurso literario? No, no lo creo. ¿Cuáles serían las razones y motivos del jurado para descartarlo? No lo sé. Aunque “no tiene caso llorar sobre la leche derramada”, juzgue usted mismo “la calidad de la melcocha”.

TRAVESTI

Ceremonial nocturno. Belleza esmerilada. Entallarse gozoso la inigualable piel de loba. Furtivamente... maquillas con extracto de placenta la virilidad insoportable; recubres con rímel la melancólica mirada; tiñes tus labios con erótico carmesí; barnizas con esmalte purpurino las afiladas garras; portas la platinada peluca del fastidio; revistes la angustia existencial con plumas y lentejuelas; calzas la zapatilla de anhelada feminidad y sales al inframundo a ejercer el ritual pecaminoso de la infamia.

Oruga transfigurada en aleteos fluorescentes... Rasgas el velo del maniqueísmo social y juegas a ser diosa del sexo y la violencia. Displicente, degustas el tabaco de la depravación; finges una vez más la risilla estúpida y clavas la uña a los incestuosos clientes de la oscuridad, dispuesto a dar las nalgas por una copa de amargura; resuenan tus tacones entre las peligrosas agujas de la envidia; copulas con las sombras; te aglutinas en deliciosas voluptuosidades y bebes el vino, tinto en sangre, del dolor…

Después, a lamerse las heridas que ha dejado la desesperanza; a inyectarse la tranquilidad fementida entre las alas negras de los estupefacientes… Luego despertar entre filosos escalpelos que cercenan tu alegría de vivir. Tristísimo travesti amojamado que reitera inexorablemente el asesinato de su alma”.

No es que yo sea o me crea un “gran escritor”, pero estoy convencido de que un “buen escritor” estructura, redacta y revisa sus textos con cierta rigidez lingüístico-literaria, en este caso, pero también con amor y dedicación; no requiere preseas literarias para serlo, es el oficio de escribir el que te forma, no los premios muchas veces inmerecidos; esos que te hacen famoso (no rico), pero la fama indigna tampoco me interesa y mucho menos ser una “vaca sagrada”, como tantas que pacen por allí, rumiando su amargura y pauperización con discursos trasnochados y textos insípidos, sentados plácidamente en los cuernos de la luna, esperando a ser inmortalizados por la excelsitud de su obra. Yo soy más realista, menos hipócrita, escribo por placer, por necesidad, confieso cabalmente que no volveré a participar en este concurso, no por atentar contra mi natural antojo de escribir, ni por negarme a participar en la necesaria promoción y difusión de la cultura sino, simplemente, para alejarme de sus circunspectos detractores.

Recapitulo: un jurado imparcial con experiencia, prestigio y profesionalismo en las lides literarias; por lo menos cinco requisitos básicos en aras de la calidad de los textos, la publicación de los minicuentos después de una “tallereada” formal y la presentación de los mismos por los propios autores en un macro evento literario. Aunque yo no soy nadie para señalarlo, creo que llegó el momento de replantear el fondo y la forma en que se ha venido desarrollando el ya famoso Certamen Regional de Minicuentos a que convoca el CRIPIL. No puedo concluir sin salvaguardar el honor de una gran dama, María Belmonte, una mujer apasionada por la cultura, sobre todo la literaria, que no sé cómo le ha hecho para subsistir y no contaminarse entre tantos lobos y lobas con quienes cohabita desde hace algunas décadas. Confío en no ofuscarla mucho con mis acuciantes ideas y sugerencias, va todo mi respeto para ella como digna promotora de la cultura norestense.

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