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  • La bolsa de valores, el termómetro del comportamiento de las grandes empresas que mueven la economía
  • Es igual que la Central de Abastos. En ésta se compravenden cebollas y tomates; en aquélla, se especula con papeles y saliva

 
mLa bolsa de valores es la Central de Abastos, pero de lujo. La diferencia es que en la Central de Abastos de intercambian productos comestibles principalmente: tomates, chiles, cebollas, calabazas, granos, etcétera. En la bolsa se compran y se venden papeles, acciones empresariales, pagarés, títulos de propiedad, bonos de deuda, y un sinfín de sofisticados productos. Los vendedores y compradores de la Central de Abastos despiden olores desagradables y están mal vestidos. Los de la bolsa son de cuello blanco, corbata de seda y traje de casimir inglés, por lo menos, aunque sean hechos en China.
 
En la Central de Abastos, cuando escasean los productos porque no hay suficiente producción, éstos se encarecen. Cuando hay demasiada producción, sus precios bajan y los productos se pudren. Lo mismo, exactamente lo mismo, ocurre en el mercado de valores, donde se transa precisamente con expectativas, con dinero saliva, con papeles que suben o bajan de acuerdo con el comportamiento de los procesos productivos de las empresas que participan en ese mercadeo de papeles. Si una empresa bursatilizada afronta problemas de producción, de acumulación de inventarios porque no hay demanda de sus productos, o por una devaluación de la moneda que incrementa sus deudas en divisas extranjeras, sus acciones en la bolsa de valores se vienen para abajo,  los precios caen, y es cuando entran los especuladores a comprar tales acciones con la expectativa de que en un plazo corto, mediano o largo vuelvan a recuperarse sus precios.
 
Lo importante es tan complicado como sencillo. En el mercado bursátil se habla de índices de precios y cotizaciones, de alzas y bajas durante una jornada, y de pérdidas cuantiosas, y todo se achaca a la incertidumbre que generan los mercados extranjeros, o las crisis financieras como la que está padeciendo ahora el mundo capitalista, comenzando con Estados Unidos, que empezó a venirse abajo por la crisis del mercado inmobiliario. Los bancos prestaron a diestra y siniestra para financiar la compra venta de casas y llegó un momento en que los deudores no tuvieron con qué pagar sus mensualidades y el servicio de su deuda, o sea la amortización del capital y el pago de los intereses, o réditos.
 
Lo mismo está ocurriendo en economías periféricas como la de México. Las empresas productivas están acumulando en sus bodegas toneladas de productos que no pueden ser colocados ni en el mercado interno y menos en el exterior, porque no hay demanda de ellos, porque los tradicionales compradores no tienen liquidez para pagarlos y los consumidores no tienen dinero para comprarlos en los puntos de distribución, que es el comercio. Y no nos compliquemos la vida, con índices de precios y cotizaciones con futuros, con divisas, con derivados, con subtítulos de deuda. Los papeles que se comercian son como los tomates y las cebollas que se comercian en la Central de Abastos. De esa manera, el mercado bursátil, más que nada, más que un medio para que los especuladores se hagan de la propiedad de buena parte de una empresa, u otros vendan sus acciones para obtener dinero constante y sonante para sus ampliar sus inversiones en la empresa. La bolsa es pues un mercado como cualquiera. Y lo más importante. Es como el termómetro del comportamiento de la economía productiva. Si a las empresas les está yendo mal, es obvio que al mercado de valores le vaya peor, y por eso las caídas tan espectaculares de las expectativas y de la especulación traducida en papeles, en acciones, en todo lo que ya hemos apuntado.
 
A la Bolsa Mexicana de Valores le está yendo mal, muy mal. Esto quiere decir que a la economía nacional, niéguelo el negador Agustín Carstens, le está yendo muy mal. No hay producción porque los precios de las materias primas que se compran en el exterior –en el extranjero, pues, como equivocadamente se le dice – están carísimas, porque por la devaluación del peso lo que se tiene que pagar por ellas aumenta exponencialmente, no sólo por el impacto de la depreciación monetaria, sino más por la especulación. Y las empresas no pueden exportar sus productos, porque la demanda en el exterior está caída, particularmente en los mercados de Estados Unidos. Así, el proceso de producción se detiene y se despide a muchos trabajadores con lo que aumenta el desempleo. Los productos en el mercado interno se encarecen semana a semana, y usted amigo lector, sobre todo si es ama de casa, no me dejará mentir.
 
Y las cosas van a  ponerse peores, como bien lo dijo hace unos días, creo que el secretario del Trabajo, Javier Lozano Alarcón, contradiciendo en ese momento al mentiroso de Agustín Carstens, que al fin tuvo que aceptar la realidad de que la economía mexicana no es la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Ni es Jauja.  Así que nadie debe asustarse porque la bolsa caiga. Lo que es inútil tiene que caer y en estos momentos la mayoría, si no es que todas, de las empresas que participan en ese mercado de cebollas y chiles especulativos andan mal, muy mal, aunque sus dueños tengan sus montones de dolaritos en los bancos de los paraísos fiscales, como ocurrió hace unos días con los más de ocho mil millones de dólares que ingenuamente soltaron las autoridades del Banco de México, dizque para apuntalar al peso, que sigue devaluándose a pesar de los dólares regalados casi a los banqueros. Dinero bueno al malo.
 
Dejemos pues que la bolsa de valores caiga y siga cayendo. Eso nos indica que la economía anda mal y que no habrá poder humano que la levante, mientras no se cambie de modelo. Y los modelos severamente cuestionados por Washington, ahora los está empleando en su economía, como es la nacionalización de los bancos más importantes, a través de compras de importantes proporciones de sus activos. En fin, que el mercado de valores más que nada es lo que mide el buen o mal comportamiento de las grandes empresas, que son las que tienen la sartén por el mango en una economía librecambista como la que se implantó en México hace 26 años, de dejar todo a infuncionales leyes de la oferta y la demanda, lo que ha propiciado y seguirá propiciando la crisis, y lo peor de todo es que los sufridos son los trabajadores, las clases medias bajas. Los ricos, como ya dije, tienen su dinero a salvo en los paraísos fiscales. En este momento se da aquello de “empresas pobres, empresarios ricos”.

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