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“Pese a su natural egoísmo y rapacidad, el rico divide involuntariamente con el pobre el producto de todos sus artificios. Está manejado por una mano invisible para hacer casi la misma distribución de las necesidades de la vida que hubiera hecho una persona equitativa”, así enunció, por primera vez, el dogma liberal el ilustre escocés, Adam Smith, en su Teoría de los Sentimientos Morales. El autor de la Biblia del Capitalismo, que primero fue profesor de literatura en la Universidad de Edimburgo y después, en la de Glasgow, catedrático de Filosofía Moral, escribió su “Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones” en 1776. Ahí vuelve ha insistir en la controversial idea que perdura hasta nuestros días: Pero es sólo en su propio provecho que un hombre emplea su capital en apoyo de la industria; por tanto, siempre se esforzará en usarlo en la industria cuyo producto tienda a ser de mayor valor o en intercambio por la mayor cantidad posible de dinero u otros bienes…En esto está, como en otros muchos casos, guiado por una mano invisible para alcanzar un fin que no formaba parte de su intención. Y tampoco es lo peor para la sociedad que esto haya sido así. Al buscar su propio interés, el hombre a menudo favorece el de la sociedad mejor que cuando realmente desea hacerlo. Si se deja actuar libremente al hombre en la egoísta búsqueda de su interés, no obstante su naturaleza rapaz, una mano invisible convertirá su esfuerzo en beneficio de todos. Eso nos vienen contando. Cómo no. Llevamos más de dos siglos esperando que eso ocurra y por alguna razón, el dogma vuelve a fallar. El dinamismo del mercado, nunca termina así. Por el contrario, inevitablemente sobreviene la catástrofe, mediante cíclicas crisis económicas que generan, acumulación en unos pocos y pobreza, desigualdad, exclusión y muerte en los demás. Esa es la necia realidad que a algunos conduce a perder la fe. No basta creer para que suceda. La fe ciega es perjudicial sobre todo cuando se refiere a la conducta humana. En la crisis mundial, la primera del siglo pasado, en los años treinta, se advirtió que dejar libre a la mano, en ocasiones, no daba buenos resultados. Intervenir para regular y acotar los naturales excesos que la libertina mano deja pasar, en ocasiones, dijeron, se vuelve acción ineludible de quien ejerce el poder: el Estado. Veamos la paradoja. Debemos dejar al Mercado en absoluta libertad. Este, resolverá cualquier irregularidad o efecto no deseado que se presente, a condición de que nadie intervenga. Sólo que, como nadie regula, vigila y evalúa, el Mercado entra en crisis por los abusos de la voraz naturaleza humana y ¡zas!: libertad – abusos – crisis – intervención - libertad… Así, el Libre Mercado deviene en ley cuasi divina de observancia universal, contra la que no se vale atentar, so pena de herejía y apostasía. La Inquisición. ¡Salve el dogma! ¡Fatal paradoja desconcertante! ¿Entonces? Las dos manos, claro está. ¿Desea dar su opinión? |
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