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berrones56UNA INDIO A LA SALUD DE DON EUGENIO / Guillermo Berrones

Cuando niño, nunca pensé que viviría en Monterrey; escuchaba hablar del Cerro de La Silla y lo imaginaba literalmente con una silla gigante encima. Sus industrias las imaginé siempre humeantes y a su gente siempre ocupada. No pensé que sería parte de su historia, de su bullicio, de su dinámica social, de su desarrollo. No pensé que me anclaría a sus raíces y a su calor, que sentaría mis reales para amarla hasta la saciedad de día y de noche. Me siento parte de ella y hasta me otorgo el derecho a disponer, como un heredero consanguíneo, de sus bienes o de la parte que me toca. Te regalo mi ciudad, le dije a una mujer un día, al borde del amor apasionado que se desata en junio.

Distante ya el recuerdo de la infancia, veía en mi natal Ciudad Victoria las fiestas familiares y las públicas siempre amenizadas con música de acordeón y bajosexto, o bien con tríos huastecos de cantar agudo y falsete sostenido. A los participantes del festín los iba viendo cómo, poco a poco, su alegría subía de tono; los rostros congestionados y las piernas firmes zapateando al son de la música. El polvo se quedaba sostenido en nubecillas bajas que empolvaban los botines, la valenciana de los pantalones y las morenas piernas de las bailadoras. En un rincón se improvisaba una barra de maderas viejas con hieleras llenas de cervezas que poco a poco se iban vaciando conforme avanzaba la noche.

Más tarde, los gritos envalentonados de los borrachos, abrazados solidariamente, era un espectáculo de equilibrio y afecto masculino. Corros de mujeres riendo a carcajada suelta y bolitas de hombres ensombrerados dibujaban la alegría de la noche alumbrada con bombillas opacas de sesenta watts. Las dedicatorias desataban festejo. Y el siseo de las cervezas que al destaparse emanaban espuma burbujeante inspiraban una especie de sinfonía que amparaba la dicha y el disfrute.

Los niños corríamos entre los bailadores y de vez en cuando recibíamos un jalón de orejas si hacíamos perder el paso de las parejas danzantes. Y en un rincón oscuro, junto a la cerca de barreta de las casas de aquella colonia marginal, pero pomposamente bien llamada Las Vegas, se improvisaba el mingitorio para los borrachos. Y ese olor acidulado y salitroso, olor a santidad, se mantenía por muchos días hasta que el sol lograba quemar la urea abandonada de aquella jornada nocturna.

Al día siguiente, a los niños nos gustaba regresar a donde había sido el baile. Recorríamos la pista buscando monedas, cajitas de cerillos y uno que otro cigarrillo empolvado, que regularmente se les caía a los bailadores. Luego pasábamos a donde había estado la cantina y allí era más seguro encontrar pesetas, tostones y uno que otro peso moreliano. Dicen que la memoria olfativa es la que más perdura y creo que puedo constatarlo. Con claridad rememoro el suave olor de las corcholatas de la cerveza Carta Blanca; pero las fichas más apreciadas para mí eran las de la cerveza Indio con las que me entretenía admirando la figura estilizada de lo que siempre pensé que era un apache.

Por mucho tiempo guardé aquellas fichas, luego las aplastaba y mi padre me hacía algunos juguetes con aquellos círculos de hojalata: sillitas, portarretratos, cajitas para guardar secretos, etcétera. Pero invariablemente me preguntaba cómo y quién hacía todo aquello: las fichas, las botellas, las cajas o “cartones” como se les llamaba y se le sigue llamando al embalaje cervecero.

En el tiempo del peregrinar, de la mudanza obligada de mi padre que buscaba un mejor sustento, del nomadismo familiar que recorrió Linares, Matamoros, China, General Bravo y Los Aldamas, me acompañó el recuerdo y la nostalgia, hasta que mis pasos encontraron tierra firme en esta ciudad con quien también celebré sus cuatrocientos años. Y de ella me bebí su pasado, caminé sobre su lomo de dragón, adoré sus montañas embarradas de sol, fragüé la noche de parrandas que aún no terminan y me declaro un adicto al pecado urbano de Monterrey, de lunes a domingo, de enero a diciembre, de día y de noche. Y aquí voy a morirme. Aquí quiero morirme.

Leí la nota donde se informa que don Eugenio Garza Lagüera dejó de pertenecer a la aristocracia de nuestra ciudad. Y dicen que la aristocracia siempre es rancia. Los elogios a su persona están palpables en la inserción de desplegados luctuosos que compiten en frases, diseño y espacio para manifestar a la doliente familia el pesar solidario por tan lamentable pérdida. Seguramente fue un hombre que trabajó mucho y atesoró grandes riquezas como fruto a su atinado olfato comercial. Posiblemente heredó la fortuna de su padre y luego su talento le permitió multiplicar ganancias y hacer nuevos negocios que prosperaron. Eso ya no importa. Se fue, murió, como todo mortal llega al fin de su destino. No lo conocí personalmente y no creo que él o yo nos hayamos perdido de mucho. Lo cierto es que parte de mis tesoros infantiles, las corcholatas de cerveza Indio, me unen espiritualmente al patrimonio empresarial de este norteño emprendedor, por lo que sin la chocantería nebulosa de los pésames funerarios, le deseo un buen viaje a don Eugenio y que encuentre mejor lugar para su eterno descanso.


gberrones@hotmail.com

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